El amor es viaje, no destino.

Quiero creer que en algún momento de la vida de alguna o alguno de los que leen esto, les ha pasado por la cabeza el famoso "ya no me vuelvo a enamorar". Sería comprensible que la tristeza detrás de la expresión sea enorme; al igual que la frustración de no entender lo que pasa en su vida con un tema quizá de los más polémicos y rebuscados para el ser humano: el amor. 

 Y es que cuando hablamos de amor, llegaremos a encontrar tanta subjetividad y tantas definiciones que podríamos perdernos como en un profundo bosque sin salida, algo que no haremos en este texto, si no que pensaremos en una premisa en especial, una que durante un buen tiempo me trajo de cabeza.

 Cuando crecemos se nos dicta que debemos amar/querer a nuestra familia, a nuestra pareja, a nuestras mascotas o nuestros amigos, etc. siempre tajante, sin explicaciones, solo porque sí o porque eso es lo correcto. Luego, si preguntamos el porqué, nos dan unas explicaciones no tan claras y nuevamente, con un grado de obligación, vienen explicaciones como que así lo mandó algún Dios o porque así lo dijo la abuela o el abuelo, lo que sea en cada caso, pero siempre dependiendo de la indicación de un tercero. 

Lo que en muchas situaciones seguro nos pasa, es que no sabemos ni porque debemos de querer a alguien, simplemente crecimos, nos lo ordenaron, nosotros obedecimos y terminamos, de cierta manera, haciéndolo el destino de todos nuestros deseos. 

 Así es como, desde una perspectiva personal, amar y ser amados por un ser amado, quizá se ha convertido en el destino o deseo más perseguido por el ser humano, pasando a ser el fin de todo, la meta a lograr o la tarea más significante a completar en la vida.

 ¿Cómo nos ha ido con eso? Presupongo que nos ha traído bastantes problemas, de una índole u otra, pero ciertamente debe de ser inquietante el tema. Mi pregunta surge tras reflexionar algo que escuché sobre "el goce" y algo que escuché sobre "el deseo", de lo cual no hablaré nada técnico porque no soy un profesional en el tema y las interpretaciones de las mismas incluirán todos mis sesgos e ignorancia sobre ellas.

    Cuando me puse a pensar en el goce y a compararlo con las generalidades escritas anteriormente sobre el amor, me pregunté, ¿Dónde está lo que más "gozamos" del amor? ¿Al Obtenerlo? Muy seguramente esa sea la primera percepción que tengamos como respuesta. 

Como todo en los humanos, cada caso es un caso, pero sigamos analizando la premisa de que hemos sido inculcados que siempre lo más importante es llegar a la meta, o sea, lo importante es llegar a "encontrar el amor" pero cuándo lo logramos y "encontramos" el amor, ¿Empezamos en ese momento a disfrutarlo? ¿Qué pasa comúnmente cuando ese “amor” dura poco tiempo o no era tan cierto o fuerte del todo? Desde enojarnos con la ex pareja, empezamos a odiar el concepto amor, hasta encasillar a la persona que creíamos querer o que creíamos que nos quería en ser una mala persona y desencadenamos cualquier tipo de sentimientos negativos y pesados hacia lo que tenga que ver con el concepto del amar; algo muy válido y quizá hasta necesario en cierto punto para una sana vivencia del duelo sobre la situación pero que, sin la conciencia adecuada sobre ello, se tornaría destructivo y un viacrucis para la persona dolida en cuestión.

Ahora bien, después de estos quizá rebuscados escenarios podemos preguntar ¿Y todo esto que tiene que ver o cual es la cuestión? Pues desde mi óptica, mucho, ya que viene la pregunta detonante de todo el articulo: ¿Será qué centramos el goce del amor en la meta y nos olvidamos de disfrutar el camino hacia él?

Por mi parte he llegado a la conclusión que sí.  Después de todo, la herencia de “los ojos en la meta” es algo que no podemos negar, y hasta que no te concientizas de ello, no puedes ver la situación adversa que esto pudiera representar. Sin realizar ninguna aseveración de ello, quizá la mayoría nos sintamos contrariados con esta pregunta, pero sin duda es algo que deberíamos de reflexionar por ayudar un poco a nuestra salud mental en esos menesteres.

Normalmente, fuera de una conciencia, enfocarnos tanto en la meta del amor nos hace perder de vista las cosas buenas y valiosas que hay en el camino. El simple hecho de estar conociendo a una persona, ver sus valores, sus defectos, sus manías y sus aciertos es simplemente un deleite y un vendaval de información que permite el aprendizaje “desde el otro” y en cierta medida un crecimiento “con el otro”.

¿A cuántas personas no hemos conocido? Seguro que muchas a lo largo de nuestras cortas o largas vidas, pero también seguro que pocas veces nos detenemos a pensar en qué aprendimos o estamos aprendiendo, qué conocimos de ellas mientras estuvieron o mientras han estado en nuestras vidas, seguro que ha habido mucho goce y placer en ello y lo hemos pasado desapercibido, o al menos, es algo de lo que no somos plenamente conscientes y que fragilizamos en el momento en que tenemos la mirada y la consciencia en la meta y no en el disfrute que hay en el simple hecho de conocer algo o a alguien nuevo o no tan nuevo.

Llegar a esta conciencia no es fácil definitivamente, pero lo que se quiere es tratar de hacer preguntas, despertar una curiosidad y/o una empatía sobre estas situaciones afectivas con un otro.

Quizá el tiempo perdido en lamentarnos o enojarnos de más con las personas que ya no están en nuestro circulo afectuoso no vaya a volver. También quizá podamos aún disfrutar y aprender desde esos recuerdos que valieron la suerte ser vividos, cada persona a las que quisimos queremos y nos han querido representaron un viaje, un aprendizaje y un crecimiento, con esas personas gozamos, reímos, lloramos, peleamos, tuvimos acuerdos y desacuerdos, tal vez nos fue mal y nos rompieron el corazón o lo sentimos como una pérdida de tiempo, pero sin duda, a pesar de las experiencias,  podemos llegar a valorar el trayecto, valorar el momento y disfrutar de ellos en sí, más que de la meta. 

Al final el deseo (en este caso, el deseo de encontrar el amor) es como una mariposa, vuela y se posa en ese algo o alguien que quieres, pero cuando llegas a ella y la quieres tocar, suele volar hasta posarse en otra cosa, y la frustración que ello conlleva puede llevarte a no lograr admirar lo bello del vuelo de esa mariposa, sus colores, su aerodinámica, su textura y su función dentro de la vida, pero si logras encontrar la belleza que hay en los vuelos y sus movimientos, quizá logres ver lo bonito que es el viaje al amor y durante el amor, tal vez hasta encuentres más belleza en el camino que en la meta, quizá hasta lleguemos a acompañar a esa mariposa entre sus tantos movimientos, a quererla con todas sus fases y a ver lo hermosa que puede llegar a ser, así, natural y libre de vivir.





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