Vas que vuelas pero, ¿a dónde?
¿Cuándo habrá sido la última vez que el ser humano se habrá preguntado hacia donde se dirige todo en el mundo?
Se acabó el día y todo mundo salió ya de su trabajo, sería un buen momento de parar y descansar, pero no, hay que seguir haciendo y haciendo, desgastarnos hasta no poder más y caer rendidos en la cama para después no poder dormir por estar pensando en que dejamos de hacer o que haremos al día siguiente.
Así transcurren las horas, los días y los meses, terminamos odiando al reloj porque las manecillas avanzan demasiado rápido y los números en él nunca son suficientes para la cultura de la híper productividad en la que estamos enfrascados hoy en día, a pesar de lo ilógico que es odiar algo tan relativo como es el tiempo, surge aquí una pregunta seria: ¿Qué es lo que queremos? ¿hacia dónde vamos y cuál es la prisa por llegar inmediatamente?
Que una cosa sea pensada o realizada por la mayoría no es sinónimo de que está bien o que es normal, dice Erich Fromm que a esto se le puede llegar a definir como como una “Patología de la normalidad”, quitando así el justificante de que “porque todos lo hacen, está bien hacerlo”, si es que alguna vez pasó por tu cabeza justificar algo con esa frase.
Parece que estamos siempre como en la película de máxima velocidad, parece que si soltamos el pie del acelerador todo va a explotar y se acabará la película, precisamente, por la adrenalina que genera esa aceleración, no nos hemos dado cuenta que es todo lo contrario, si no soltamos el acelerador, la gasolina se va a acabar, la máquina va a tronar y este andar de la vida no avanzará más.
Vamos por la vida acelerando y consumiendo a diestra y siniestra, comprando aquí y vendiendo allá; viajando, de fiesta en fiesta o de “relación en relación” y no es que debamos no hacerlo, al final son parte de los quizá placeres de la vida pero me parece que en lo profundo, no quisiéramos hacerlo por razones mas obscuras, porque detenernos significaría lidiar con algo desconocido, peligroso y que duele o cuesta mucho: detenernos sería enfrentarnos a nosotros mismos.
Natural es que le tengamos miedo a lo desconocido, problemático es que eso desconocido seamos nosotros mismos, y que ni si quiera tengamos la tolerancia para soportar nuestro interior, pareciera irrazonable.
Ir por la vida acelerando es peligroso, pero lo adrenalínico que resultan muchas actividades es adictivo y placentero. La lucha hedonística del ser comienza, actualmente pareciera ser lo mas atractivo para el ser humano, ir siempre a velocidad, como si el progreso y la velocidad siempre tuvieran que ir de la mano, pero lo cierto es que, en la aceleración, no te das cuenta quien o que pasa a tu lado, quien está parado, quien no tiene como avanzar o incluso a quien puedes atropellar o ya atropellaste y como gran final está ese tren, ese tren que ves a lo lejos y que piensas "Claro que le gano, yo soy mas veloz que un tren" pero al final, no hay manera de que le ganes, tu velocidad no te deja ver claramente y quizá te estás acercando a un final que no deseas realmente.
Ese atropello o ese choque puede significar el fin para ti o para el otro, y si no es el fin, puede dejarte a ti o a tu sociedad bastante lesionados e imposibilitados de seguir disfrutando del camino. Negar las consecuencias colaterales es negar que vivimos en sociedad, las decisiones individuales que hacemos diariamente tienen repercusiones, más si somos privilegiados con una posición de poder o autoridad.
La historia la cuentan los vencedores, en este caso los que han ido por la vida atropellando al prójimo, la naturaleza o la sociedad, ésta es una historia moldeada a conveniencia y con propaganda de los mismos que la escribieron con pequeñas o grandes omisiones, pero definitivamente como dijo Walter Benjamin, solo reivindicando a los vencidos podemos tener la versión completa de la verdad.
Hoy se elogia a algunos por jugar carreras por querer llegar a Marte, parece tener máxima urgencia, se elogia y se coloca prácticamente como super héroe a quién se hace o hace todo por ser el primer trillonario en la historia de las historias, pero ¿Es necesario llegar a Marte cuando aún existe el hambre y la pobreza extrema aquí en la Tierra? con la conciencia humana en decadencia y en olvido, con tanta desigualdad e injusticias y con aún muchas cosas que hacer por la humanidad, ¿Cuál es la prisa? ¿hacia dónde vamos y sobre todo porque tan rápido? ¿la solución es abortar la misión aquí? ¿o a que seguimos escapando?
Consumimos y aceleramos en el día a día como si las cosas materiales que nos rodean fueran ilimitadas, nos acabamos el agua y los árboles como si tardaran 3 días en reabastecerse, tiramos la comida por toneladas sin importarnos más que el cochino dinero y nunca hay tiempo para quitar el pie del acelerador y por lo tanto, nunca nos damos cuenta conscientemente de hacia dónde vamos, lo que dejamos pasar y quien se está quedando en el camino.
No sé qué temor sea más grande, si darnos cuenta de la realidad que nos rodea o de la realidad que está dentro de nosotros. Creo que si no soltamos el acelerador un momento, si no nos detenemos a respirar, a estirarnos, recomponer la postura y permitirnos estirar las piernas definitivamente algo nada grato va a pasar no solo en lo individual si no también en lo colectivo.
Tenemos que encontrar en nuestra conciencia que la luz al final del túnel que pensamos que era la salida de todos nuestros problemas no está siendo ni la salida ni solución, se está convirtiendo en un gigantesco tren que viene a toda velocidad y no se va a parar. Nos toca dejar la esperanza y tomar la responsabilidad de enfrentar la decisión en varios ámbitos: Paramos y dignificamos el ser individual y la sociedad o acabaremos con todo y todos al chocar con el tren…
Mientras aún sea significativo hacerlo, desaceleremos, y permitámonos disfrutar del paisaje y encontrar dos tesoros muy valiosos en esa desaceleración: a ti mismo y al otro en todo su esplendor.
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